
Puedo estar paseando
por las calles de una Barcelona dormida,
y dejar que el calor juegue a los dardos con mi cabeza.
Cualquier edificio en Singapur
tiene el dominio sobre millones de almas.
En Viena, las voces de dos amantes
resuenan en las paredes de la casa de un violinista.
Hong Kong, 6 de la mañana;
no hay diferencia entre día y noche,
la ciudad parece siempre viva,
como un circo de pulgas siempre conectado.
Si miramos en Sidney,
el viento empuja a sus gentes a abandonar la ciudad.
Volamos a Buenos Aires,
al barrio donde los bares canallas no descansan.
Todas ellas son pasillos
de un gran hotel de locos.
Una casa de ventanas cerradas,
que esconden las mil historias
de sus inquilinos.
Si deseas mirar dentro,
tienes grandes ojos en las cerraduras,
pero las llaves están perdidas,
bajo la arena de playas lejanas.
Hay un solo corazón para todas,
envuelto en pieza de tela,
escondido en un cofre sin llave,
y rodeado de llamas,
en un abismo,
al final de una montaña olvidada.
Debe ser así, ya que si dejase de latir,
todas las emociones,
los dolores,
los besos, los disparos,
las caricias y los arañazos,
los secretos y las voces,
los días amarillos y las noches azules,
la guerra de las armas,
y la paz de las palabras…
Todos ellos.
Todos bellos,
se verían arrastrados por el barro,
ahogados en un seísmo,
expulsados de una casa de cristales rotos,
absorbidos con violencia, hacia la nada,
como pasa cada vez,
que un tapón de bañera,
es arrancado de golpe.

1 comentario:
Que daño ha hecho el Google maps
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